Tuesday, July 12, 2011

Osea que esto era Murakami…

A mí me gusta leer, pero siempre dudo si me podrían calificar de “gran lectora”. Creo que, principalmente, porque no he leído tantos clásicos como debería o porque, a pesar de tener amigos poetas muy queridos, de poesía no sé un carajo. Y ni qué decir de los textos de no ficción o los ensayos. Esos me vencen y me hacen sentir bobísima pues debería estar en la capacidad de terminarlos, subrayarlos y, aunque estoy es muy snob, citarlos en una conversación así tralala. Je.

Sin embargo, aunque me falten aún muchos clásicos por leer, lo cierto es que hay libros que devoro en un viaje de micro. Otros que los voy leyendo de a poquitos. Y están los que me vencen como es el caso de “Bajo el volcán” de Lowry, por ejemplo. Me parece un buen libro, pero también demasiado sórdido y por eso me causa dolor de cabeza (así como las películas de terror me pueden hacer llorar).

También están esos libros de los que no me acuerdo y entonces decido releerlos y me vuelven a gustar.

Hay libros que los compro solo por su título y luego me siento bien muy frívola por eso, pero por ahí que me entusiasman después.

Hay libros que me dan mucha envidia por lo bien escritos que están.

Y hay libros que no quiero que se acaben porque son demasiado chéveres.

Hoy terminé de leer Tokyo Blues de Murakami. El inicio me gustó, es bacán, pero no sentía que fuera “ahhh qué pajaaa”. Sin embargo, luego no podía dejar de leerlo y los personajes me iban gustando más y más. Podría decir que hace tiempo no tenía un crush con un personaje literario, pero, lo admito, caí rendida ante Watanabe (el protagonista de la obra). Principalmente porque creo que me hubiese gustado conocer, en algún momento de mi vida, a alguien así. Que sea ingenioso, que diga exactamente lo que piensas, que sea capaz de cuidar a tu padre enfermo aún sin conocerlo, que te diga que eres tan bonita como un oso o que te escriba cartas para hacerte feliz.

Y hoy, que terminé el libro, de pronto como que se me empañó el corazón. Estaba en la sala de profesores de ese lugar al que voy a enseñar y sentí que debía salir porque sino iba a hacer un papelón y ponerme a llorar delante de desconocidos que, como son raros, no se tratan por su nombre. Siempre están diciendo “profesor esto” y “profesor aquello”: “Profesor, páseme esa mota por favor”. “Profesora, ¿qué está leyendo?”. “Profesor, ¿ha sido duro el ciclo, no?”. Gente rara.

Y el asunto es que salí del salón y me fui al baño y cerré con llave. Y quise ponerme a llorar porque de pronto me sentí muy triste y era como ver llover y estar sola. Sí, así era la sensación. Como estar en un depa vacío, sin nadie a quien llamar o invitar y que de repente se pusiera a llover horrible.

Pero no me dio tiempo para llorar porque recordé, como suelo hacer cuando estoy sensible, que no vale la pena ponerse tan mal por algo que no es cierto. Que, finalmente, es una ficción y no te está pasando a ti. Para de sufrir, nena. Murakami es un pendejo por hacerme sentir así. Fuck you, Murakami.

En la calle:

- - Un mimo y un patita disfrazado de la muerte (túnica negra, máscara de scream y una hoz de plástico en la mano) están parados en una esquina, cerca del estadio de Miraflores. En eso el mimo ataca a la muerte. La muerte lo golpea, siempre en broma, con su hoz de cartón. Entre huachafo y poético el asunto.

- - El taxista que me trajo al trabajo tenía un disco en el que no solo había música. También tenía voces de niños que decían sonseras. Miedo.


Raphael

Fue durante una de esas conversaciones que tanto extraño con mi chocherita que hablábamos del amor y canciones de amor. Se nos ocurrían varias. Es más, creo que estábamos en mi auto. En eso, en el Ipod escuchamos “Como yo te amo” de Raphael. Y cantamos la canción a dos voces. En realidad -y lo confieso y no me importa qué piensen muchos de mis seguidores nubecinos (osea, tres gatos)- creo que es una de las pocas canciones que logra retratar, más allá de que te guste o no Raphael, ese momento exacto en el que andas absolutamente entregada al amor y en estado “lalala”.

Y tal vez creas que Raphael es un poco “esto” y tiene mirada perturbadora o que exagera tantito cuando interpreta o que sus canciones son para tíos. No. Nada que ver. Alguien que dice que te ama con la fuerza de los mares o el ímpetu del viento no está huevando. Osea, chochera, la fuerza del mar no es broma o, ¿o te acuerdas de la conocida expresión “uy, se salió el mar”? (je) Y ni qué hablar del ímpetu del viento que es cosa seria. Al respecto, recuerdo una vez que me asusté feazo por el fuckin viento que soplaba tan fuerte que parecía que me iba a llevar, casi casi como si fuera novela de García Márquez, oye. Al viento no le entran vainas, eh.

Yo te recomiendo que lo escuches nomás porque la cara de Raphael paltea un toque:

http://www.youtube.com/watch?v=Oxyzky_WPHU