Tuesday, June 21, 2011

El fin de una era

Todos sabemos que el sábado previo a las elecciones presidenciales andábamos un poco “esto”. Y que, todas las conversaciones terminaban en política y, por ende, en mecha. Un amigo tuvo una buena idea para apaciguar los ánimos: organizar una fiesta de demolición y zurrarse en la ley seca. La idea era celebrar la última noche de vida de la casa de sus padres.

Como suele suceder con las casas bonitas, esta era puesta a la venta, porque quedó grande después de que los hijos (4 engendritos entre los que está mi amigo) se fueron. Era entonces la despedida de este hogar que no solo vio crecer a los engendritos sino también a sus amigos, sus novias y, posteriormente, sus ñaños.

Para mí esa casa - y esto es un manifiesto personal y, por lo tanto arbitrario- era también un poquito mi casa. Cuando estábamos en la universidad, iba ahí frescamente a terminar trabajos de última hora, a revisar mi correo y hasta a imprimir trabajos. Cuando hacíamos fiestas en esa casa bonita de Camacho, siempre me quedaba a dormir y luego, aún más fresca, me prestaban la jato para hacer mis propias fiestas.

La Ñanga también tiene su historia ahí. Él recuerda con mucha nostalgia la noche en la que se hizo amigo de uno de los dueños de la casa. Es un recuerdo bien bonito, bien cinematográfico y bien posero. La Ñanga y este amigo se encontraron en un casino y luego de beber y tontear fueron a la casa bonita de Camacho. Decidieron que sería buena idea subir al tejado (ojo, no techo) y ver la ciudad. Uno sugirió poner música clásica a todo volumen. Se enamoraron. No, mentira. Se hicieron patas hasta el día de hoy.

La casa bonita de Camacho siempre nos recibió sin ponernos malas caras. Ahí hubo cenas navideñas entre amigos, también cumpleaños y una muy extraña celebración veraniega que terminó con mi prima, la Mili tirada exhausta en el jardín luego de haber saltado y bailado por, creo, 3 horas sin descanso.

La casa bonita de Camacho nos recibió a toditos los galifardos el 4 de junio. No dejaba de llegar gente y había más trago que en cualquier fiesta de matrimonio a la que haya ido. Fue genialísimo.

Saber que esa casa ya no existirá más me causa una sensación raraza. Creo que algo en mí se ha acabado o muerto. No sé bien cómo explicarlo. Es rarazo, ya lo dije.

Nunca

Nunca he tenido una cámara de video. No me gusta que me graben en un tono, en un matri o en cualquier situación. Pongo cara rara, se me tensa el cachete, sale una mueca extraña. Un desastre. Y no he tenido nunca una cámara de video porque siempre pienso cuántas veces podré ver el video de algo que ya viví. ¿Dos? ¿Tres? ¿Veinte? Y porque, a veces, pienso en el resto del mundo: ¿a cuánta gente le interesaría compartir mi momento kodak en video (je, qué feo sonó esto)? No comprendo mucho el afán de guardar algo en video. Me gustan las fotos. Son momentos congelados.

Deseo y decepción

Les pedí a algunos alumnos que escribieran un manual de instrucciones. Algunos escribieron cosas divertidas y creativas. Me gustó un texto sobre “cómo volar una cometa” y que empezaba diciendo: primero hay que preguntarle a la cometa si quiere volar. Luego otro explicó en su manual cómo escribir manuales y eso también estuvo bien. Sin embargo, el resto me brindó un panorama de los temas que inquietan a esta generación. Así, se presentaron manuales para salir a divertirse, cómo olvidar a un ex o cómo encontrar la mejor fiesta de Lima. Decenas de manuales que hablaban sobre la juerguita limeña sub 23. Otros sobre cómo superar la pérdida de un amor. Y yo, que desde hace tiempo me siento bien pero bien vieja, me preguntaba, igual que en el libro, “¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?”. Pensaba en ese sufrimiento post adolescente que luego, créanme, les parecerá irrisorio. Se me sale lo tía y quisiera darles algunos consejitos pero la conciencia no me da. Nunca tanto.

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