Friday, June 24, 2011

Mi vecina

Cuando llegué a este edificio en el que vivo, hace más de 4 años, intenté -vanamente por supuesto- trata de conocer a mis vecinos y quién sabe, entablar simpáticos lazos de amistad. Intento fallido. Principalmente porque, aunque traté de creérmelo, no me interesaba hacerme amiga de alguien solo porque compartíamos el mismo espacio vital. Y en segundo lugar porque se trata de gente bien peculiar, como casi todos los edificios del Perú.

Sobre mis vecinos, ya he hablado en otras oportunidad. La familia de al lado está formada por un papá que se parece a Flanders, una señora que se llama igual que yo y es recuntrasada y que una vez me dijo que las escaleras debían cambiarlas por unas de…mármol. Okeey. El señor Flanders y la señora que se llama como yo tienen dos hijos adolescentes. A la hija adolescente le gusta reventarse las espinillas en el espejo de su sala. ¿Y yo como lo sé? Porque la veo desde mi sala. Espectáculo desagradable.

Pero hoy no voy a hablar de esta familia singular. Hoy toca hablar de la otra vecina. La que vive en el departamento superior. Creo que la vecina ha encontrado el amor nuevamente. Eso o está tratando de romper algún reto erótico.

Desde hace un par de semanas escucho (involuntariamente, ojo, tampoco soy tan “esto”) que la vecina le da (le da pues) día y noche al canchis canchis. Lo sé porque parece que su cama y su colchón no tienen un buen sistema de amortiguadores porque chirrían (osea hace chirrido, chirria pe). Tampoco sus paredes pues los ruidos del amor se filtran como hormiguitas con red bull por cada pared. Todos los vecinos somos así testigos de su pasión. Además, el sonido va por toda la casa. Entonces sospecho que ella y su pareja están tratando de dejar un poco de “amor” en cada habitación de su hogar. Bien por ellos. Que los astros les sean propicios.

Tuesday, June 21, 2011

El fin de una era

Todos sabemos que el sábado previo a las elecciones presidenciales andábamos un poco “esto”. Y que, todas las conversaciones terminaban en política y, por ende, en mecha. Un amigo tuvo una buena idea para apaciguar los ánimos: organizar una fiesta de demolición y zurrarse en la ley seca. La idea era celebrar la última noche de vida de la casa de sus padres.

Como suele suceder con las casas bonitas, esta era puesta a la venta, porque quedó grande después de que los hijos (4 engendritos entre los que está mi amigo) se fueron. Era entonces la despedida de este hogar que no solo vio crecer a los engendritos sino también a sus amigos, sus novias y, posteriormente, sus ñaños.

Para mí esa casa - y esto es un manifiesto personal y, por lo tanto arbitrario- era también un poquito mi casa. Cuando estábamos en la universidad, iba ahí frescamente a terminar trabajos de última hora, a revisar mi correo y hasta a imprimir trabajos. Cuando hacíamos fiestas en esa casa bonita de Camacho, siempre me quedaba a dormir y luego, aún más fresca, me prestaban la jato para hacer mis propias fiestas.

La Ñanga también tiene su historia ahí. Él recuerda con mucha nostalgia la noche en la que se hizo amigo de uno de los dueños de la casa. Es un recuerdo bien bonito, bien cinematográfico y bien posero. La Ñanga y este amigo se encontraron en un casino y luego de beber y tontear fueron a la casa bonita de Camacho. Decidieron que sería buena idea subir al tejado (ojo, no techo) y ver la ciudad. Uno sugirió poner música clásica a todo volumen. Se enamoraron. No, mentira. Se hicieron patas hasta el día de hoy.

La casa bonita de Camacho siempre nos recibió sin ponernos malas caras. Ahí hubo cenas navideñas entre amigos, también cumpleaños y una muy extraña celebración veraniega que terminó con mi prima, la Mili tirada exhausta en el jardín luego de haber saltado y bailado por, creo, 3 horas sin descanso.

La casa bonita de Camacho nos recibió a toditos los galifardos el 4 de junio. No dejaba de llegar gente y había más trago que en cualquier fiesta de matrimonio a la que haya ido. Fue genialísimo.

Saber que esa casa ya no existirá más me causa una sensación raraza. Creo que algo en mí se ha acabado o muerto. No sé bien cómo explicarlo. Es rarazo, ya lo dije.

Nunca

Nunca he tenido una cámara de video. No me gusta que me graben en un tono, en un matri o en cualquier situación. Pongo cara rara, se me tensa el cachete, sale una mueca extraña. Un desastre. Y no he tenido nunca una cámara de video porque siempre pienso cuántas veces podré ver el video de algo que ya viví. ¿Dos? ¿Tres? ¿Veinte? Y porque, a veces, pienso en el resto del mundo: ¿a cuánta gente le interesaría compartir mi momento kodak en video (je, qué feo sonó esto)? No comprendo mucho el afán de guardar algo en video. Me gustan las fotos. Son momentos congelados.

Deseo y decepción

Les pedí a algunos alumnos que escribieran un manual de instrucciones. Algunos escribieron cosas divertidas y creativas. Me gustó un texto sobre “cómo volar una cometa” y que empezaba diciendo: primero hay que preguntarle a la cometa si quiere volar. Luego otro explicó en su manual cómo escribir manuales y eso también estuvo bien. Sin embargo, el resto me brindó un panorama de los temas que inquietan a esta generación. Así, se presentaron manuales para salir a divertirse, cómo olvidar a un ex o cómo encontrar la mejor fiesta de Lima. Decenas de manuales que hablaban sobre la juerguita limeña sub 23. Otros sobre cómo superar la pérdida de un amor. Y yo, que desde hace tiempo me siento bien pero bien vieja, me preguntaba, igual que en el libro, “¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?”. Pensaba en ese sufrimiento post adolescente que luego, créanme, les parecerá irrisorio. Se me sale lo tía y quisiera darles algunos consejitos pero la conciencia no me da. Nunca tanto.