Monday, February 28, 2011

Ch-cha-changes
Cambios importantesdurante estos días. Mi queridísimo roomate de toda la vida se va de la casa y yo me quedo sin hermano mayor que me llame para saber por dónde ando. Me quedo también sin esos sábados, en los que venciendo la usual resaca, me propone cocinar algo riquísimo. Mi querido roomate se va y yo siento algo rarísimo porque claro, qué bien, se va a un sitio lindo a empezar otra etapa pero yo me quedo sin ese hermano cómplice con el que ver películas cuando la Ñanga no está. Que escucha salsa y uno se siente como en un paraíso tropical y faltan los daiquiris nomás. Me quedo sin los mejores chilcanos de la ciudad (él los prepara). Me quedo sin sus consejos de macho que sabe de moda cuando le pregunto: "oe, ¿estos zapatos o los otros?". Me quedo sin piropos cuando salgo y me dice "uy, ¡que guapa!". Me quedo sin reggae por las mañanas. Me quedo sin chocolates de regalo. Me quedo sin olores graciosos. Me quedo sin un gatito encantador que también se muda. Me quedo sin alguien que siempre está dispuesto a abrazarme o hacerme una broma tonta cuando me siento hasta el orto.

Y me quedo así como incompleta pero igual contenta, ¿no? No, en realidad, no. Me siento triste y melancólica.

Tan melancólica como el amigo M. que también se va, pero se va a otro continente el muy maldito. Se va por un año, dice, pero creo que por más tiempo. Y aunque ya se fue antes, ahora es distinto porque ya no somos esos jovencitos soñadores sino unos adultos que pagan impuestos y cuentas cuando en realidad solo quieren, como decía la chica Lauper, divertirse. Somos unos adultos a los que les ha crecido la barriga, se les ha caído un poco el pelo, han cambiado los lentes de nerd por unos modernos, han ganado kilos, han perdido la inocencia. Nos hemos vuelto treintones que prefieren chupar en la soledad de sus departamentos antes que en ruidosos antros llenos de humo y chicos tontos y felices.

En eso pensaba y estaba empezando otra vez a sentirme como el orto cuando M. me agradeció por la amistad y por rescatarlo de cierta debacle emocional cuando éramos chicos tontos y felices. Me dijo que siempre conservará esos recuerdos tan graciosos, pastrulos y un poco borrosos de esas noches tan divertidas en el departamento de la avenida Brasil. Me agradeció porque entre esas risas encontró nuevos amigos y recordó lo que era reirse de tonterías, pero admitió que a veces estas eran "un toque quemadas" para su gusto. Me agradeció por no despreciar su música de abuelito y recordamos cuando, en un ejercicio máximo de pastrulidad, decidimos tomar lonchecito escuchando "La hora del lonchecito". Me agradeció por haberle prestado mi morada para sus fiestas temáticas y reímos otra vez al recordar el episodio del papel periódico en la basura. Y así entre agradecimientos salió el sol y como en el video de "Cosas del amor" me puse los lentes para evitar el vampirazo (je). Se hizo de día entre tanto recuerdo y agradecimiento (y harrta chela) y nos dijimos chau, que te vaya bonito y no te olvides de nosotros. Y así, con el vampirazo volvimos a casa y dormimos por horas, porque, ¡maldición! ya no somos jovencitos que la cortamos con otra chela, sino unos adultos barrigones y melancólicos.

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