Tuesday, December 01, 2009

Apuntes domésticos

Uno: Romance tormentoso: Telefónica y yo


He llegado a la conclusión que la compañía de teléfonos es una mujer. Una mujer jodida y poderosa a la que no te puedes resistir y a la que, después de tirártela (o mejor dicho, luego de que ella te tira) quieres apuñalar.

Telefónica y yo iniciamos un romance cuando, bien a la antigua, me mandó una carta a mi recién estrenado departamentito clasemediero. Era una carta en la que me decía que tenía un teléfono para mí y que tenía que ir a reclamarlo cuanto antes. Tendría mi propio número telefónico y, por esas cursilerías alimentadas por mi gusto a las sitcoms y otras atrocidades, me llenaba de ilusión que alguien me buscara en la guía telefónica y viera mi nombre.

Sin embargo, una vez que Telefónica (le diré Tele de ahora en adelante porque me aburre repetir un nombre tan largo y feo tantas veces) me tuvo en sus filas se dedicó a hincharme las bolas. Sí, sé que es una frase bien argentina, pero me parece sumamente precisa. Claro, bolas no tengo, pero si las tuviera estarían a punto de reventar gracias a las jugarretas a las que Tele me somete .

Jugarretas como llamarme, a horas muy indecentes (¡a las 7 am por Dios santo!) a ofrecerme teléfonos inalámbricos que no quiero. La muy pendeja hasta me ofreció un trío. Sin embargo fue una ilusión momentánea pues no se trataba de ninguna fantasía sexual por cumplir, sino de una fría promoción comercial que consiste en pagar un solo precio por tener cable, internet y teléfono. Aburrido.

Y así como la chica que te llama para salir pero te cancela una hora antes, Tele hacía lo mismo cada vez que se iba el cable o no había línea telefónica en casa. Me decía que sí, que iba a ir a solucionar el problema, pero o nunca llegaba para resolverlo o lo hacía cuando yo no estaba en casa. Pendeja.

Tele también me hizo vivir situaciones surrealistas, como cuando se fue la línea telefónica. Es curioso, pero el único modo de reportar una de estas averías es, isn´t it ironic?, por teléfono. ¿Cómo puedo llamar a decir: “hey, mi teléfono no funciona” cuando…esteee… no tengo línea telefónica?

En estos momentos estoy atravesando otra crisis con Tele. La muy perra me engatuzó nuevamente pues le terminé comprando un aparato llamado Decodificador. No solo eso. También le compré una serie de ofertas fabulosas a las que no podía negarme. Me dijo algo así como que iba a pagar la mitad por tener un paquete Premium para ver todos los canales HBO. Cuando comenté la noticia en casa, mi querido roommate abrió los ojos como platillos chinos y dijo conteniendo la emoción: “ESO QUIERE DECIR QUE VAMOS A TENER PORNO??”. “No lo sé, pero vamos a ver muchas películas”, le respondí mientras él se alejaba canturreando algo que parece ser la canción que entonan los hombres cuando creen que van a tener porno gratis en sus televisores.

El decodificador adquirido necesita, al parecer, personal especializado para su instalación. Personal que, 16 días después de haberlo solicitado, aún no llega. Llamé a Tele para putearla y me dijo que el personal había tenido un imprevisto y que por eso no había llegado. No obstante me aseguró (y me pareció que lo juró por la Sarita) que “de todas maneras” iba a llegar el viernes. Estamos sábado y sigo sin el aparato. Hoy volví a llamar y me ha dicho que esta vez sí llega (este diálogo podría darse tranquilamente entre una pareja con problemas sexuales) pero aún no pasa nada. Creo que es momento de terminar con Tele para siempre. Es eso o ponerle una bomba en el local más cercano. Por si acaso, estoy chequeando páginas web que me enseñan a hacer una bomba casera con vinagre y artículos de limpieza. Wish me luck.

Dos: mi madre, el mercado y otras delicias
Mi madre y algunas amigas me envidian cuando les cuento que vivo en Magdalena. “¡Qué maravilla tener el mercado de Magdalena tan cerca!!”, me dicen, “es uno de los más completos y podrás comprar de todo!!” dicen al borde de, lo que yo creo, es un tipo de orgasmo muy particular.
Pero mis visitas al mercado tienen más que ver con adquirir piratería, calzones y flores (extraña combinación) que con comprar verduras o carne. Me gusta pasearme por los puestos y mirar. Igual que cuando voy a un centro comercial. No compro (bueno, no siempre), miro y miro y alucino. Hueving shopping que le dicen.
Tengo además una total incapacidad para hacerme caseritos en el mercado, habilidad que mi madre domina a la perfección y que, como tantos de sus dotes para socializar, envidio secretamente. Hace algunos meses, y por alguna circunstancia que no recuerdo, ella estuvo viviendo conmigo por una semana. Durante ese tiempo, se hizo caseritos en el mercado. Me dijo cuál era el “point” para las alcachofas (¿?), cuál el de la carne, dónde encontrar la fruta de temporada a buen precio, dónde no comprar pollo y cómo reconocer unos espárragos de calidad. Saberes todos que agradezco pero que por alguna razón no he podido almacenar en mi cerebro que prefiere ser alimentado con conocimiento basura y pop (que no es ni será lo mismo). Mi madre, durante esos siete maravillosos días que me acompañó (y no hay nada de sarcasmo en esto. Yo adoro a mi madre y no se diga más) se apropió del barrio. Esto es, saludaba a las gordas de la tienda por su nombre (para mí siempre serán las gordas) y ellas le respondían al unísono: “hola señora Emilia”, le preguntaba al guachimán si su esposa ya estaba bien y respondía con paciencia las preguntas que le hacía la señora de la cochera (de la que tampoco sé su nombre) respecto a la crianza y salud de su hijto Joel.
Me pregunto qué pasaría si ella viviera conmigo acá. Yo creo que el barrio entero la lanzaría de candidata a la alcaldía. Y bueno, yo sería algo así como la primera hija de Magdalena o alguna huevada parecida. Adjetivo que, admito, me encantaría.

Tres: me regalaron una cebolla
Durante mis casi diez días de vacaciones en casa me convertí en una ama de casa wanna be. Es decir, me levantaba con ganas de limpiar mi hogar de arriba abajo, de cocinar riquísimo y de botar los cachivaches de ese ropero que me mira cachoso cada fin de semana. Pero pasadas dos horas de este saludable impulso, me aburría y me ponía a ver videos en youtube o me metía al msn para decir nada.
Pero en esos momentos en que era ama de casa absoluta e iba al mercado (sí, el mismo que mi madre adora) me encontré con algunas delicias dignas de compartir:

1. Me regalaron una cebolla. Así es. Iba caminando cerca de los puestos de verduras y encontré algo así como una gran liquidación de choclos. Cientos de choclos regados por el piso. Señoras emocionadas se llevaban los choclos por manos (esto es de cinco en cinco). Yo solo quería uno para comerlo con el queso que tenía hace varios días en la refri. Le dije entonces al vendedor:
- Señor, a cuánto el choclo? (sí, se dice “a cuánto” y no “cuánto cuesta”)
- La mano está XXX soles (no recuerdo el monto).
- ¿La mano?? No señor, yo quiero uno nomás.
- Ah uno, uno te cuesta XX céntimos

Le pagué y le faltaban veinte céntimos para completar mi vuelto.
- ¿Y si te regalo una cebolla por los veinte céntimos? Es que no quiero caminar, dijo el vendedor de choclos.

Y me regaló una cebolla.

2. ¿Qué te falta amiguita? Otro de los puestos del mercado que me encanta es aquel en el que venden cientos de verduras picaditas y listas para hacer con ellas lo que quieras (sí, hasta eso). Venden verduras para sopas, verduras para saltados, verduras para ensaladas, verduras y más verduras. La vendedora de ese lugar, una señora a la que le falta un diente pero tiene el cabello perfectamente pintado, no te pregunta qué vas a llevar sino “qué te falta”. ¿Y si le respondiera: "Señora, me falta pasión, ilusión y esperanza por un futuro mejor. ¿A cuánto?"

3. La sal no sala. Ya había comprado los tallarines y la carne y los tomates y la cebolla. Ya tenía el menú del día, pero ¡oh no! ¡No tenía sal en casa!. Fui a la tienda de abarrotes y pedí un paquete.
- ¿Sal de cocina o sal de mesa?, preguntó la vendedora
- Sal, respondí
- Solo tengo de mesa, dijo.
- Ya pe.

Nunca entendí la diferencia entre las sales. Digamos que ambas deberían salar o ¿es que la de mesa es más simpaticona y hay que lucirla en la mesa junto a la pimienta mientras que la de cocina es un poco más under y prefiere la clandestinidad?

6 comments:

kara::kara said...

a mime gustan mucho los mercados, el de JesÚS mAría y el de Magdalena y el de Palomino. Cuando llego a alguna provincia me gusta visitar los mercados cual si fueran sitios turísticos.
Me gusta encontrar un puesto de botones al lado de un puesto de frutas secas al lado de un puesto de velas y artículos para brujería. xD

Anonymous said...

Ay oye, por qué no compraste la mano de choclo?? Digo, un choclo nunca cae mal, es casi-casi como una cerveza.
Y la diferencia de la sal es: la sal de mesa es más fina (o sea, la han pulverizado más) y no sala tanto como la de cocina, fácil porque la cortar con cal como la coca. Ajá.
My darling, hay cosas básicas que tienes que saber ah! Tú tienes que seguir los pasos de Emilia, sino cómo?? Quién me va a invitar esos guisitos tan ricos con tomillo (alucina que áun lo recuerdo con cariño...)
Y kara:kara, no son puestos de brujería, son puestos de hierberos, por más que vendan un murciélago seco y arañas remojadas, son hierberos, ojito!!!

Anonymous said...

mi no me gustan los mercados porque me loquean. Demasiada gente, demasiado movimiento, brrr

Anonymous said...

Jajajajaja. Hay primis GRACIAS!!! por hacerme llorar d risa con tu nota. Cuando llegue a Lima llevame a tu mercado se!!! Beshos madrileños.
Mili

fab 5 said...

Y yo que pensaba que sólo existían las manos de plátano (tiene lógica, no? parecen guantes de béisbol)... Qué equivocada estaba.

Pierre said...

“No lo sé, pero vamos a ver muchas películas”, le respondí mientras él se alejaba canturreando algo que parece ser la canción que entonan los hombres cuando creen que van a tener porno gratis en sus televisores." JAJJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
xDDDDDDDDDDD