Thursday, December 24, 2009

Es curioso... (2)

1. Ayer, 23 de diciembre, Chocherita me pidió que lo acompañe a Mesa Redonda pues quería comprar un arbolito de Navidad. Gente, mucha gente por todas partes y la sensación que, en cualquier momento, algo horrible sucedería. Felizmente la paranoia se quedó dormida un ratito y dio paso al "despertar de mi niña interior" (chocherita dixit).
En medio de tanta gente, vendedores ambulantes, cargadores sudorosos y cierta angustia en el ambiente, sentí algo parecido a cuando era niñita y ayudaba a mi amá a armar el nacimiento. Pero esa tierna sensación se evaporaba rapidito nomás porque en Mesa Redonda la reflexión está prohibida y hay que apurar el paso.
Fue bonito regresar cargando el árbol (mágicamente reducido en una cajita) y las bolas en la mano (las guirnaldas pe). Me daba ilusión imaginarme a Chocherita y su familia armando su árbol recién comprado.

2. Mi querida Primis está varada en Madrid. La aerolínea en la que venía quebró y ella se quedó sin abrazar a sus papás, hermana y sobrina. Yo la extraño porque la Primis es de las personas que aún sueñan y que reparten alegría como si nada. Es entusiasmo, y es también conversaciones en el msn con vocales mil veces repetidas (tipo: juaaaaaaaaaa, no seaas maalaaa y otras). Primis, te extraño, pero conociendo tus encantos, a lo mejor un millonario guapo te regala su pasaje, mismo película y en un ratito nomás ya te estoy abrazando de nuevo.

3. Tanto resistir para luego pecar. Ayer tuve un ataque horrible de consumismo y fui a comprar regalos. En realidad solo compré tres: para mi amá, mi apá y la Ñanga. Ví gente peléandose en las cajas, señoras con hijos manganzonasos comprándoles "sus zapatitos decentes", vendedores sedientos de comisiones de ventas y millones de choros viendo en qué cartera meter la mano. Menchis, no aprendes ¿no?

4. Siendo las 2 pm, me retiro hacia mi hogar en la pradera. ¿Llegaré viva y sobreviviré el tráfico espantoso? Yo creo que no.

Monday, December 21, 2009

Es curioso..(1)

La gente no? Sí pues, la gente. Será que no crecí rodeada de mucha gente (más allá de la indispensable, tampoco es que haya sido Mowgli, a pesar de llevar su mismo corte de pelo por algún tiempo) y por eso, esto de las relaciones sociales aún no lo termino de comprender.

Pienso por ejemplo en Navidad y la hipocresía que le rodea. De pronto hay que ser buenos, acordarnos de la gente que no tiene para comprarse un todinito y justificar todo con "Ay, es Navidad". Hay que sonreír, brindar y regalar (en ese o en cualquier otro orden) porque "es Navidad" y prohibido deprimirse.

Hay que ayudar, hay que regalar, hay que vernos, sí, hay que vernos y brindar y darnos más regalos. Y a mí todo eso me produce profundísima flojera y al final, como cuando quedan restos de café pasado en la taza, una cosita así medio cochinona. Llámala tristeza, si quieres.

Yo lo he intentado, de veras de veritas. Una navidad cociné un pavo entero, decoré mi mesa, puse velas y todo. Recibí a mi suegra y a la nana de la familia de la Ñanga. Los cuatro sentados alrededor de la mesa parecíamos un comercial de Inka Kola, realmente adorables. Pero en el fondo sentía precisamente eso, que estábamos filmando un comercial y no viviendo algo. Y aparecieron los restos de café en mi corazoncito latino.

Y las preguntas... Me preguntan si ya compré todos mis regalos. "No, no regalo a nadie" (en Navidad, al menos no. El resto del año sí y me encanta). Me preguntan también si ya decoré mi casa. "En realidad no decoro mi casa" (y empiezo a dar excusas como: "mi casa es muy pequeña y no tengo lugar para guardar los adornos el resto del año" o "me da flojera limpiar árboles y adornos"). Y claro, me dicen posera, grinch y otros apodos bastante monses. ¿Es tan difícil comprender que no es una pose, es simple flojera y falta de motivación?

Me ha ido mejor con las tradiciones creadas. Hace varios años, junto con algunos amigos, creamos nuestra propia celebración posterior a tanto lonche y melcocha familiar. Y nos fue bien. Pero luego se dejó de lado y otra vez se ha retomado y esperemos que esta vez todo salga bien y no aparezcan los restos de café.

Wednesday, December 09, 2009

SPM

Yo pensaba que esto del SPM (Síndrome Pre Menstrual) era un invento de las mujeres para hacer o decir lo que les diera la gana sin que nadie les llamara la atención. Pero desde que hace algunos meses empecé a experimentarlo, debo alegar que es verídico, que el SPM existe, que es una basura y nos trastoca el cerebro y las emociones.

A mí no me gusta mucho escribir cosas de nenas en este blog, pero como le decía a una amiga hace poco, yo siento que si no escribo sobre algo que me preocupa, es como si no existiera. Serán los rezagos de la terapia, pero yo tengo una necesidad medio compulsiva por verbalizar casi todo.

Quienes me conocen saben que esto de la emotividad no va mucho conmigo. Que sí, te quiero y todo, pero no te abrazo lo suficiente. Y sí, me caes de la puta madre, pero no te digo "mi amiguita(o) linda(o)". De pronto, en estos días de SPM me vuelvo una máquina de sensibilidad. Pero una máquina bien barata, como si hubiese sido adquirida en la Teleferia (que por cierto, es mi nueva obsesión). Para muestra, esta experiencia: el lunes previo al feriado la Ñanga llegó medio bajoneada porque le están pasando unas cosas medio cagadas y yo estaba con SPM (insértese en este momento, música de melodrama de televisa. Algo así como: turún!!). Ni bien llegó, le di toda la lista de cosas feas que me habían sucedido durante el día, pero ahora que lo analizo con mente calmada, no eran tantas ni tan terribles. Luego, me puse a llorar.¡A llorar porque un taxista me contó que le habían robado! Además, la lista de "cosas tristes" terminó con esta frase, que tan solo de reproducirla, me da vergüenza. Le dije: "¡y encima, en el capítulo de Grey´s Anatomy de hoy mostraron a un chibolo que había sufrido quemaduras horribles y lo estaban despellejando!!!!¡Pobrecito!!".
La pobre Ñanga se limitaba a escuchar y yo creo que estaba considerando tirarse por la ventana y huir de casa con lo que llevaba puesto. Y correr, correr, correr como Lola o Forrest. A ver quién lo alcanza.

Tuesday, December 01, 2009

Apuntes domésticos

Uno: Romance tormentoso: Telefónica y yo


He llegado a la conclusión que la compañía de teléfonos es una mujer. Una mujer jodida y poderosa a la que no te puedes resistir y a la que, después de tirártela (o mejor dicho, luego de que ella te tira) quieres apuñalar.

Telefónica y yo iniciamos un romance cuando, bien a la antigua, me mandó una carta a mi recién estrenado departamentito clasemediero. Era una carta en la que me decía que tenía un teléfono para mí y que tenía que ir a reclamarlo cuanto antes. Tendría mi propio número telefónico y, por esas cursilerías alimentadas por mi gusto a las sitcoms y otras atrocidades, me llenaba de ilusión que alguien me buscara en la guía telefónica y viera mi nombre.

Sin embargo, una vez que Telefónica (le diré Tele de ahora en adelante porque me aburre repetir un nombre tan largo y feo tantas veces) me tuvo en sus filas se dedicó a hincharme las bolas. Sí, sé que es una frase bien argentina, pero me parece sumamente precisa. Claro, bolas no tengo, pero si las tuviera estarían a punto de reventar gracias a las jugarretas a las que Tele me somete .

Jugarretas como llamarme, a horas muy indecentes (¡a las 7 am por Dios santo!) a ofrecerme teléfonos inalámbricos que no quiero. La muy pendeja hasta me ofreció un trío. Sin embargo fue una ilusión momentánea pues no se trataba de ninguna fantasía sexual por cumplir, sino de una fría promoción comercial que consiste en pagar un solo precio por tener cable, internet y teléfono. Aburrido.

Y así como la chica que te llama para salir pero te cancela una hora antes, Tele hacía lo mismo cada vez que se iba el cable o no había línea telefónica en casa. Me decía que sí, que iba a ir a solucionar el problema, pero o nunca llegaba para resolverlo o lo hacía cuando yo no estaba en casa. Pendeja.

Tele también me hizo vivir situaciones surrealistas, como cuando se fue la línea telefónica. Es curioso, pero el único modo de reportar una de estas averías es, isn´t it ironic?, por teléfono. ¿Cómo puedo llamar a decir: “hey, mi teléfono no funciona” cuando…esteee… no tengo línea telefónica?

En estos momentos estoy atravesando otra crisis con Tele. La muy perra me engatuzó nuevamente pues le terminé comprando un aparato llamado Decodificador. No solo eso. También le compré una serie de ofertas fabulosas a las que no podía negarme. Me dijo algo así como que iba a pagar la mitad por tener un paquete Premium para ver todos los canales HBO. Cuando comenté la noticia en casa, mi querido roommate abrió los ojos como platillos chinos y dijo conteniendo la emoción: “ESO QUIERE DECIR QUE VAMOS A TENER PORNO??”. “No lo sé, pero vamos a ver muchas películas”, le respondí mientras él se alejaba canturreando algo que parece ser la canción que entonan los hombres cuando creen que van a tener porno gratis en sus televisores.

El decodificador adquirido necesita, al parecer, personal especializado para su instalación. Personal que, 16 días después de haberlo solicitado, aún no llega. Llamé a Tele para putearla y me dijo que el personal había tenido un imprevisto y que por eso no había llegado. No obstante me aseguró (y me pareció que lo juró por la Sarita) que “de todas maneras” iba a llegar el viernes. Estamos sábado y sigo sin el aparato. Hoy volví a llamar y me ha dicho que esta vez sí llega (este diálogo podría darse tranquilamente entre una pareja con problemas sexuales) pero aún no pasa nada. Creo que es momento de terminar con Tele para siempre. Es eso o ponerle una bomba en el local más cercano. Por si acaso, estoy chequeando páginas web que me enseñan a hacer una bomba casera con vinagre y artículos de limpieza. Wish me luck.

Dos: mi madre, el mercado y otras delicias
Mi madre y algunas amigas me envidian cuando les cuento que vivo en Magdalena. “¡Qué maravilla tener el mercado de Magdalena tan cerca!!”, me dicen, “es uno de los más completos y podrás comprar de todo!!” dicen al borde de, lo que yo creo, es un tipo de orgasmo muy particular.
Pero mis visitas al mercado tienen más que ver con adquirir piratería, calzones y flores (extraña combinación) que con comprar verduras o carne. Me gusta pasearme por los puestos y mirar. Igual que cuando voy a un centro comercial. No compro (bueno, no siempre), miro y miro y alucino. Hueving shopping que le dicen.
Tengo además una total incapacidad para hacerme caseritos en el mercado, habilidad que mi madre domina a la perfección y que, como tantos de sus dotes para socializar, envidio secretamente. Hace algunos meses, y por alguna circunstancia que no recuerdo, ella estuvo viviendo conmigo por una semana. Durante ese tiempo, se hizo caseritos en el mercado. Me dijo cuál era el “point” para las alcachofas (¿?), cuál el de la carne, dónde encontrar la fruta de temporada a buen precio, dónde no comprar pollo y cómo reconocer unos espárragos de calidad. Saberes todos que agradezco pero que por alguna razón no he podido almacenar en mi cerebro que prefiere ser alimentado con conocimiento basura y pop (que no es ni será lo mismo). Mi madre, durante esos siete maravillosos días que me acompañó (y no hay nada de sarcasmo en esto. Yo adoro a mi madre y no se diga más) se apropió del barrio. Esto es, saludaba a las gordas de la tienda por su nombre (para mí siempre serán las gordas) y ellas le respondían al unísono: “hola señora Emilia”, le preguntaba al guachimán si su esposa ya estaba bien y respondía con paciencia las preguntas que le hacía la señora de la cochera (de la que tampoco sé su nombre) respecto a la crianza y salud de su hijto Joel.
Me pregunto qué pasaría si ella viviera conmigo acá. Yo creo que el barrio entero la lanzaría de candidata a la alcaldía. Y bueno, yo sería algo así como la primera hija de Magdalena o alguna huevada parecida. Adjetivo que, admito, me encantaría.

Tres: me regalaron una cebolla
Durante mis casi diez días de vacaciones en casa me convertí en una ama de casa wanna be. Es decir, me levantaba con ganas de limpiar mi hogar de arriba abajo, de cocinar riquísimo y de botar los cachivaches de ese ropero que me mira cachoso cada fin de semana. Pero pasadas dos horas de este saludable impulso, me aburría y me ponía a ver videos en youtube o me metía al msn para decir nada.
Pero en esos momentos en que era ama de casa absoluta e iba al mercado (sí, el mismo que mi madre adora) me encontré con algunas delicias dignas de compartir:

1. Me regalaron una cebolla. Así es. Iba caminando cerca de los puestos de verduras y encontré algo así como una gran liquidación de choclos. Cientos de choclos regados por el piso. Señoras emocionadas se llevaban los choclos por manos (esto es de cinco en cinco). Yo solo quería uno para comerlo con el queso que tenía hace varios días en la refri. Le dije entonces al vendedor:
- Señor, a cuánto el choclo? (sí, se dice “a cuánto” y no “cuánto cuesta”)
- La mano está XXX soles (no recuerdo el monto).
- ¿La mano?? No señor, yo quiero uno nomás.
- Ah uno, uno te cuesta XX céntimos

Le pagué y le faltaban veinte céntimos para completar mi vuelto.
- ¿Y si te regalo una cebolla por los veinte céntimos? Es que no quiero caminar, dijo el vendedor de choclos.

Y me regaló una cebolla.

2. ¿Qué te falta amiguita? Otro de los puestos del mercado que me encanta es aquel en el que venden cientos de verduras picaditas y listas para hacer con ellas lo que quieras (sí, hasta eso). Venden verduras para sopas, verduras para saltados, verduras para ensaladas, verduras y más verduras. La vendedora de ese lugar, una señora a la que le falta un diente pero tiene el cabello perfectamente pintado, no te pregunta qué vas a llevar sino “qué te falta”. ¿Y si le respondiera: "Señora, me falta pasión, ilusión y esperanza por un futuro mejor. ¿A cuánto?"

3. La sal no sala. Ya había comprado los tallarines y la carne y los tomates y la cebolla. Ya tenía el menú del día, pero ¡oh no! ¡No tenía sal en casa!. Fui a la tienda de abarrotes y pedí un paquete.
- ¿Sal de cocina o sal de mesa?, preguntó la vendedora
- Sal, respondí
- Solo tengo de mesa, dijo.
- Ya pe.

Nunca entendí la diferencia entre las sales. Digamos que ambas deberían salar o ¿es que la de mesa es más simpaticona y hay que lucirla en la mesa junto a la pimienta mientras que la de cocina es un poco más under y prefiere la clandestinidad?