Monday, April 20, 2009

Fotos y la sobriedad
1. Clic
No sé si me estoy volviendo (más) vieja, si simplemente estoy mal o tal vez el resto sea el que está mal, pero hay algo que no entiendo. En serio que no. De pronto, hay que fotografiar TODO y a TODOS. Yo me acuerdo que hace unos diez años, ya teníamos identificado al amigo o amiga que siempre llegaba a la fiesta, reunión, almuerzo campestre, pollada profondos, con su cámara de fotos. Siempre había alguien a quien le afanaba tomar fotitos y encima a veces, de tan buena gente, te pasaba o te regalaba las fotos enmarcaditas y todo.

Entonces, todos felices con nuestras fotos en la sala, en el velador o en el escritorio de la oficina y ya.

Pero llegaron las camaritas digitales y de pronto fua! fua! fua! (sonido de dedo machucando el botón de la cámara de fotos o sonido de flash) todo se volvió foto. Vas a un bar y fua! fua!, gente tomándose fotos o, peor aún, tomándote la foto justo cuando estás riéndote y tienes un pedazo de cancha en el diente y los ojos desorbitados. Luego, a lo mejor no lo sabes (o sí y prefieres hacerte el loco), tu foto con la cancha en el diente aparece en alguna página tipo Facebook o algo así y todo el mundo ve tu foto con la cancha o el perejil o el langostino en el diente. Y te haces famoso como el tipo con el langostino en el diente. Ni qué decir de los videos en Youtube, pero ese es otro tema.

Y de pronto, una necesidad, medio compulsiva, de tomar foto de todo. Vas a un concierto y la gente fua fua!. Me acuerdo que, el año pasado, Andrés Calamaro durante su concierto en el Monumental y ante tanto flash de la concurrencia, dijo algo así como "Bienvenidos a la convención internacional de cámaras digitales" y, bien amable, nos recomendó mirar el concierto con los ojos en vez de con las pantalla de cámara.

Y esto ha derivado en una situación más rara de la que ayer fui testigo: el fotógrafo anónimo. Es decir, estás en algún lugar, digamos un bar o por ahí que algún amigo te invitó a la inauguración de algo, y de pronto viene un tipo, se te para al frente y fua fua, te toma una foto y se va. Y tú sigues bailando, conversando, coqueteando, chupando después del fua fua. A veces te pide tu nombre y lo apunta en una libretita. Entonces suponemos, que el señor trabaja en alguna de esas páginas (de webs, revistas o periódicos) que nunca comprenderé y en las que se muestra a gente en reuniones, fiestas o situaciones bien rarazas bajo el título de Sociales. A mí Sociales me suena al nombre de alguna facultad, pero en fin.

A veces el fotógrafo anónimo no te pregunta tu nombre y se va. Y ahí se va tu imagen con él. A mí estas cosas me preocupan y, como diría mi amiga, la tantas veces citada en este blog, "me da qué hacer". Pero al resto de la gente, esto no parece incomodarle, entonces me pregunto: ¿por qué pienso (y escribo) tanta huevada en vez de ocupar mi mente en cosas, digamos, más ¿importantes?

A mí "me da qué hacer" que mi imagen o la tuya o la nuestra ande por el mundo en la cámara de alguien a quien no conozco. Tal vez crea, como algunas tribus, que un poco de mi alma se va con esa foto. Y que mi mejor amiga tenga una foto mía no me molesta, pero que un X tenga un pedacito de Menchis en su computadora sí me angustia.

2. De pronto, la sobriedad
La diversión nocturna sin alcohol es realmente otro mundo. Y confesaré que es un mundo que voy a visitar con mayor frecuencia. Ir a la barra y pedir una Coca Cola resulta divertido. También da risa ver cómo la gente que te rodea va perdiendo las inhibiciones y la vergüenza a causa del alcohol mientras tú sigues tan decente como siempe.
Lo curioso es que mi visita al mundo de la sobriedad coincidió con un rarísimo insomnio. Es decir, de nada valió no beber alcohol durante la noche porque no pude dormir al llegar a casa. Encima me enganché como a las 4 am con una comedia romántica (seee). ¿Resultado? Llegué a trabajar con ojeras, sueño, sintiéndome fatal y con ganas de dormir. Osea, casi casi, los mismos síntomas de la temida resaca...Bienvenidos a mi mundo.

Monday, April 13, 2009

1. Miércoles. Nueve de la mañana.
Menchis al conductor de la 10E: "Señor, me deja en la puerta del Larco Herrera".
Conductor, chofer y un pasajero hablador me miran de pies a cabeza y se quedan calladitos.

Ideas que se les pueden haber cruzado por la cabeza: miles.
Grado de importancia que atribuyo a este hecho: cero.

Fui de visita al Larco Herrera. Vi una exposición de arte maravillosa. Durante el recorrido, un jardinero del hospital me acompañó. No entendí bien por qué, pero ahí estaba, a mi lado, comentando cada una de las obras. A la salida, dos hechos para recordar: Uno, un paciente que tocaba la ventana de un consultorio llamando a la señora Blanquita. "¡Señora Blanquitaaa, señora Blanquitaaa, soy yoooo!". Como los toques a la ventana y los gritos no dieron resultado, el paciente empezó a saltar para ver si la señora Blanquita le hacía caso. Me perdí el final de la historia. Dos, un paciente en piyama caminando por los jardines y oliendo las flores. Era bonito verlo oliendo las flores, en ese lugar tan viejo y tan grande y tan palteante como es el Larco Herrera. Me gusta ver gente en piyama caminando por la calle. Es como vestir una declaración de principios y decirle al mundo: "Mira, podrá estar de moda el azul o el morado o los pantalones con pliegues, pero la moda me la paso por los huevos. Yo salgo a la calle vistiendo piyama porque es la cosa más cómoda del mundo ¿ya? y no me jodas más". Me quedé pensando cuál fue la última vez que me detuve en algún lugar a oler las flores.

2. La Semana Santa (he tenido que reescribir esta palabra unas tres veces porque la tentación de escribir Semana Tranca, Semana Llanta y otras taradeces) empezó mejor de lo que pensé. La gran Mili, hoy nuestra corresponsal desde España, me dijo que este humilde y cumplidor blog le hacía reír cuando las pilas se le bajaban (cosa rara en ella, siempre tan Mili) y que su apá (el tio Juancito) se volvió un fan de este blog como parte de su proceso de recuperación luego de estar enfermito. Yep. Manos peruanas se juntan y hacen un puuunto. (Perdón, ¡quemé!).

3. Hace tantas Semanas Santas que no salíamos de viaje que coger nuestras chivas y lanzarnos por la carretera fue genial. La Ñanga y yo no paramos hasta llegar a Paracas, congelarnos y nadar en su frío y limpio mar, ver de cerca los lobos marinos, corretear a los pájaros cagones, crear personajes a partir de los huéspedes del hotel kitsch donde nos quedamos, perdernos en el desierto por mongazos y encontrar una ciudad de la nada a la que desistimos de entrar porque, según yo, podía pasarnos lo que en las películas y terminar siendo devorados o utilizados a la mala para la reproducción de alguna especie.
No tuve ningún momento de reflexión a lo hermano Pablo, no me acordé del vía crucis, no conté anécdotas graciosas sobre semanas santas anteriores, no me la pegué horrible ni perdí el conocimiento como supongo le debe haber pasado a ese grupo que acampaba en La Mina (una de las tantas playas de la reserva nacional de paracas) y que tenía cuatro cajas de chela, un colchón inflable, una parrilla bien faltosa y varias carpas. Todos eran menores de 20 y con semejantes provisiones, supongo que por lo menos ocurrirían un par de embarazos no deseados o mínimo, alguna tranmisión de una ETS.
Tampoco tomé 800 millones de fotos como lo hizo la pareja de gays, con la que conversamos sobre el turismo receptivo, el señor de Luren y el calor y que sorprendieron a todos al besarse en público. Gay power!!
Solo la pasé bien y ya tengo ganas de otro feriado huevero.