Thursday, March 12, 2009

1. Zapatos
Nunca llegaré a los extremos de la chica esta Bradshaw (Carrie, pe, la de Sex and the City) que tenía tal cantidad de zapatos que si sumaba su valor este era equivalente a la cuota inicial de un departamento en Nueva York, que no es poca cosa. A mí me gustan los zapatos, pero nunca gastaría 3000 cocos en un par, por más lindos que fueran.

Me gusta guardar mis zapatos y casi nunca los regalo porque cada uno cuenta una historia. Están mis botas de mi época pseudogrunge, con la que fui a miles de conciertos y con las que caminaba distancias absurdas para ir a tu aún más absurda búsqueda. Están todos esos zapatos de tacón que me compro con la intención de parecer una señorita, pero que terminan honguéandose porque nunca podré ser una señorita. Están las zapatillas, desde las prácticas (esas que puedo sumergir en un charco asqueroso sin miedo) hasta las galácticas como unas muy naranjas que me compré en la Cachina y he usado exactamente 5 veces. Pero creo que de toditos los zapatos que he ido acumulando, son mis amarillos de plástico (sí, los que se parecen a los de la Pata Daysi) los que se han ganado las preferencias del Perú y el mundo.

No tengo ni idea por qué escribo esto, debe ser porque hoy me sentía demasiado cómoda con mis zapatillas verdes y porque me gustan los zapatos. Ahora que escribo esto, recuerdo que cuando era niña, una amiga escribió una canción a los zapatos que decía así (sí, me acuerdo claramente): "los zapatos son muy importanes. Hay azules y naranjas. Y también los hay morados" (la canción era como la del Sapito de Kiko. Es decir, se repetía una y otra vez hasta hacerte convulsionar).

2. Ñervios
Soy una persona miedosa. Me da miedo la oscuridad desde chiquita porque siento que siempre está sucediendo algo que no puedo ver; las olas porque cuando una te cae encima siempre se lleva algo de ti (el bikini, la autoestima, etc); los juegos de acción extrema tipo Montaña Rusa porque esa sensación de vacío que se te mete al estómago es muy desagradable e incontrolable, además pones caras raras (como cuando los perritos tiran); las pirañas porque de solo pensar en peces con dientes, ya me pongo nerviosa; a morir trágicamente (porque sería demasiado doloroso para todos); a perder cualquiera de los sentidos porque, por muchas películas o libros que se escriban al respecto, creo que el mundo no podrá seguir girando igual.

Hoy tengo miedo de cagarla. Así de simple. De no poder enfrentar lo que se viene y termine en un rincón con orejas de burro. Nek.

3. Cremolada para el alma
¿Confundida? ¿Preocupada? ¡Cremolada para el alma en el centro de Lima! (bacterias incluidas)

4. Es bueno ser tía

Hace un par de semanas visité a mi querida familia trujillana. Hace diez o quince años, las visitas tenían un aire chonguero adolescente. Si antes salía con mis primos a pasear por ahí ("mataperrear" sería la palabra que usaría alguno de mis viejos) o a tomar una que otra chela, hoy la diversión se ha vuelto Apta Para Todos con la llegada de los sobrinos. Tengo cuatro sobrinos con edades que van de los 3 hasta los 10 años. Todos hombres, a excepción de una niña guapísima de nombre Camila. Yo con los niños nunca me he entendido bien. Siempre los he tratado como grandes y si no son extremadamente divertidos, me aburro al toque, me pongo a ver televisión o les propongo jugar a ver quién se duerme primero. Pero sucede una cosa curiosa cuando uno es tía. Los engríes, juegas un ratito con ellos y justo cuando sientes que vas a reventar o a aburrirte (felizmente no me pasó con los sobrinos trujillanos), ¡fua! devuelves a los pequeños con sus padres y listo el pollo. Es bueno ser tía.

1 comment:

kara::kara said...

Dale, ponte los zapatos para correr y corre de ser necesario. Luego puedes jugar a ver quién se duerme primero pero contigo.
A mi también me gustan tus tabas yelouuu