Friday, March 07, 2008

Perdonen la nostalgia
Como que algo se hace 'clac' (onomatopeya de algo, lo que sea, que se rompe) o 'brac' o 'crac' cuando algún lugar al que querías mucho por diversas razones, cierra o, peor aún, cambia de rubro. Me explico: había un bar muy bonito, allá por los noventas al que íbamos los jóvenes de ese entonces (todavía jóvenes hoy, pero un poco más maleteados) a disfrutar de la rica chela heladita y oh novedad, mojitos a discreción y si te daba hambre, te empujabas moros y cristianos (arroz con frejoles) o patacones (patacón pisao pisao). Era un barcito cubano encantador (aunque a veces abusara de la trova, para mi gusto) y en el que, cosa rara en esos días y hoy más común que el sánguche triple (¿?), la gente escribía en las paredes lo que le daba la gana. El barcito fue escenario de conversas, citas y oh si oh oh la primera cita con mi hoy señor esposo, el señor Ñanga o La Ñanga, a secas nomás. El barcito sin embargo mutó en un antro para oficinistas con canciones tipo La Mega o peor aún La Eñe, con chela en jarra (mm, no me convence, ni en los matrimonios ni en los tonos. La chela debe ser personal, en chopp y heladísima. Dios soy una experta en chela, qué pensarán mis padres, neee ya me conocen) y deplorables, muy deplorables espectáculos que se hacían más tristes al ser protagonizados por oficinistas que, hasta hace unas horas, supongo, deben haber sido las personas más correctas y educadas del mundo.
Otra decepción, esta vez a edad más temprana, pero siempre sobre el mismo tema, me tocó vivir cuando cerraron un antrito barranquino que llevaba el pastrulo nombre de Séptimo Planeta. Para los amigos era simplemente El Séptimo y para los caseritos, El Pésimo. Lo cerraron porque supongo que violaba cada norma de seguridad y buenas costumbres y qué pena pues, pero igual qué bien porque aunque le tenía cariño, era un refugio de jóvenes y encantadores pastrulos universitarios. Nunca olvidaré a la chica vomitando en el lavatorio del baño y acto seguido, metiéndose curiosas pastillas de colores (¿serían desenfriolitos?, je).
Y aunque me haya quejado una y otra vez de ese antrito miraflorino llamado El Oso, debo admitir que pasé muy buenos sábados ahí, sin olvidar aquel inolvidable Halloween con Mujer Maravilla, Novia Cadaver y otras rarezas. Lo cerraron y mejor, porque ya había perdido la gracia.
O será que, inevitablemente, ¿nos estamos haciendo viejos? O será que hoy me he puesto nostálgica o como dice Rafaella Carrá ¿será que ya es primavera?