
Creo, con temor a equivocarme, que mi generación fue la última en bailar lentos. ¿Los recuerdan? Baladas que aparecían sin avisar a la mitad de la fiesta (o al final) o salsas (no las sensuales, tan viejos no estamos) de Jerry Rivera que hacían que ese chico (“ese” y no otro) extienda la mano y te saque a bailar porque como diría Sergio Dalma, bailar pegados es bailar.
Era el inicio de los noventas y ahí estaban los grandes éxitos como Heaven o I do it for you de Bryan Adams, las baladas de Guns N Roses que tenían la peculiar y pendeja característica de durar hasta 11 minutos (es el claro caso de November Rain), los hits de Aerosmith (como Crying o Amazing que, de paso lanzaron a la fama como icono pop a Alicia Silverstone que hoy hace fama por ser vegetariana y desnudarse ¿al mismo tiempo? ¡Uau!), aunque, a veces se colaban canciones un tanto antiguas como Hotel California o Angie, pero igual eran bienvenidas.
Los lentos podían ser el inicio de un gran amor, el preludio para el primer o último beso o a veces simplemente un baile. En este último caso se vivía una situación extraña: el chico en cuestión se acercaba (¡el que te gustaba por favor! Sino ¡puchaquerochetenerquechotearlo!), bailabas con él, la balada estaba por terminar y el DJ (tal vez víctima de alguna droga) mezclaba la canción con alguna pachotada tipo “Sigue bailando mi gente, sigue bailando” de El General y la magia (¡en qué momento empecé a escribir así!) se acababa porque tenías que “desabrazarte” en one y ponerte a menear al ritmo del General que te pone a gozal (y ya sabes, si tomas, no manejas, te lo dice el generala). La meneada en ese entonces era más bien separaditos pues el perreo, el reggaeton y otros ritmos chacaloneros aún no hacían su incursión y moverte frenéticamente e imitando un ritual de apareamiento no era bien visto. Oh no.
El secreto del lento era aprovecharlo al máximo o tratar al menos... Y aquí viene mi recuerdo traumático con los lentos: Estaba yo en una de esas fiestitas preprom, bailando con un muchacho absolutamente adorable sosteniendo el típico diálogo adolescente de “cómo-te-llamas-de-que-colegio-eres-es-la-primera-vez-que-vienes-etc”. Tras el diálogo, el asunto se estaba poniendo romántico (en el sentido más inocente por favor, no pensemos mal que éramos muy niños aún) y en eso… En eso escuchamos gritos de “¡Bronca, bronca!”, las “luces psicodélicas” se apagaron, se encendieron las "otras" luces (las feas, que parecen de hospital) y la fiesta se acabó así de pronto. (Calificaremos este hecho como un Romanticus Interruptus). Los asistentes de la fiesta se disperseron cada vez más y de pronto, cual película de Meg Ryan, el chico adorable y yo fuimos separados por la multitud que huía de la bronca. ¡Noooo! Música mental de fondo: “perdí mi oportunidad no la supe aprovechar y ahora hay otro ocupando mi lugar”.
Y perdí mi oportunidad.
Era el inicio de los noventas y ahí estaban los grandes éxitos como Heaven o I do it for you de Bryan Adams, las baladas de Guns N Roses que tenían la peculiar y pendeja característica de durar hasta 11 minutos (es el claro caso de November Rain), los hits de Aerosmith (como Crying o Amazing que, de paso lanzaron a la fama como icono pop a Alicia Silverstone que hoy hace fama por ser vegetariana y desnudarse ¿al mismo tiempo? ¡Uau!), aunque, a veces se colaban canciones un tanto antiguas como Hotel California o Angie, pero igual eran bienvenidas.
Los lentos podían ser el inicio de un gran amor, el preludio para el primer o último beso o a veces simplemente un baile. En este último caso se vivía una situación extraña: el chico en cuestión se acercaba (¡el que te gustaba por favor! Sino ¡puchaquerochetenerquechotearlo!), bailabas con él, la balada estaba por terminar y el DJ (tal vez víctima de alguna droga) mezclaba la canción con alguna pachotada tipo “Sigue bailando mi gente, sigue bailando” de El General y la magia (¡en qué momento empecé a escribir así!) se acababa porque tenías que “desabrazarte” en one y ponerte a menear al ritmo del General que te pone a gozal (y ya sabes, si tomas, no manejas, te lo dice el generala). La meneada en ese entonces era más bien separaditos pues el perreo, el reggaeton y otros ritmos chacaloneros aún no hacían su incursión y moverte frenéticamente e imitando un ritual de apareamiento no era bien visto. Oh no.
El secreto del lento era aprovecharlo al máximo o tratar al menos... Y aquí viene mi recuerdo traumático con los lentos: Estaba yo en una de esas fiestitas preprom, bailando con un muchacho absolutamente adorable sosteniendo el típico diálogo adolescente de “cómo-te-llamas-de-que-colegio-eres-es-la-primera-vez-que-vienes-etc”. Tras el diálogo, el asunto se estaba poniendo romántico (en el sentido más inocente por favor, no pensemos mal que éramos muy niños aún) y en eso… En eso escuchamos gritos de “¡Bronca, bronca!”, las “luces psicodélicas” se apagaron, se encendieron las "otras" luces (las feas, que parecen de hospital) y la fiesta se acabó así de pronto. (Calificaremos este hecho como un Romanticus Interruptus). Los asistentes de la fiesta se disperseron cada vez más y de pronto, cual película de Meg Ryan, el chico adorable y yo fuimos separados por la multitud que huía de la bronca. ¡Noooo! Música mental de fondo: “perdí mi oportunidad no la supe aprovechar y ahora hay otro ocupando mi lugar”.
Y perdí mi oportunidad.

