Tuesday, July 03, 2007



Trabajo grupal
Corría aquel maravilloso verano del 96. Jóvenes, hermosos (más) y sobre todo, despreocupados. No había fechas límites, cuentas que pagar o presupuestos de los que no salirse. Ahí estábamos juntos y revueltos, como huevitos de desayuno dominguero: el raro, el cantante, el artista incomprendido, el chibolo, el egocéntrico divertido, la chica de risa fácil, la chica con paltas existenciales y la chica tonta. Hasta teníamos dos encantadoras grouppies que nos seguían y admiraban.
¿Qué hacíamos? Nada. Íbamos de casa en casa, reclutándonos. Salíamos a caminar por horas, tonteábamos, nos burlábamos de nosotros y del resto y volvíamos a nuestras casas. Es decir, no nos juntábamos para hacer ALGO en específico. No nos juntábamos a chupar, a drogarnos, a ver películas, a chapar o a jugar monopolio. Recuerdo incluso tardes enteras en que nos tirábamos panza arriba en el jardín y nos quedábamos callados. Si hasta parecía un poco ese video de Smashing Pumpinks (el de la canción 1979). De pronto, pasaba alguien, nos alucinaba pastrulos y nos gritaba alguna pachotada. Nadie podía entender que no hacíamos NADA.
El chibolo dijo que éramos el Grupo H (y que la H se refería al hueveo interminable que practicábamos). A mí me pareció una mariconada ponerle nombre a un grupo de gente que no hacía nada. Pero al resto de amigos, la idea le encantó.
Y llegó febrero de aquel mismo verano. Con febrero vino el ineludible 14, que es el día de los enamorados. Pero ninguno de nosotros estaba enamorado. Más bien andábamos con el corazón roto o parchadito. Prueba de nuestro estado anímico fue que preparamos una torta de chocolate, dizque para sentirnos mejor (gracias a las endorfinas del chocolate). Sin embargo, el resultado fue desastroso pues del horno salió la torta de chocolate más fea del mundo. Horrible. Asquerosa. Insalvable. Fue ahí que el egocéntrico divertido dijo: “Carajo, esto podría ser el Lonely Hearts Club Band”. Y ahí salió otro nombre para el grupo. No me pareció tonto. Me dio risa. Felizmente, luego los ánimos se calmaron y terminamos (los miembros del recién formado club de corazones solitarios) metidos en una pileta. Por siaca, no habíamos visto ni La Dolce Vita ni Friends.
Luego llegó el amor que generalmente todo lo arregla, pero en este caso, fue diferente. El grupo se fue disolviendo con la rapidez con que surgían parejas al interior de este. Llegó el siguiente verano y nada fue igual. Ni grupo H, ni Lonely Hearts Club.
Pensé que eso de los grupos y nombres acabaría ahí, pero ¡oh, no! Ya en la universidad, conocí a Las Chimichurris, Los Pollos y las Redonditas (que en realidad eran dos parejas y no un grupo).
Más tiempo, más años, más gente nueva. Llegó el 2003 y con él la independencia y claro, el surgimiento de un nuevo grupo. Se juntaron amigos de la universidad, de algunos trabajos y uno que otro incauto. Nos reuníamos en aquel célebre departamento de la avenida Brasil, alrededor de una mesa cuadrada. Las botellas y las risas (miles), iban y venían. Cuando se acababa el alcohol, una delegación iba a comprarlo con un mochilón, como los que se usan para los viajes largos. El mochilón regresaba llenecito de trago y la felicidad continuaba. Brindábamos, filosofábamos a nuestra pastrula manera, brindábamos de nuevo, bailábamos cumbia, hacíamos algún destrozo y nos queríamos. Fue en alguna de esas reuniones que alguien dijo que habíamos formado una comunidad. “La comunidad del anillo”, dijo alguien (no recuerdo quién. No gozaba de ecuanimidad en ese momento). “No, la comunidad del membrillo”, dijo otro. Nos bautizamos entonces como Los Membrillos.
Los Membrillos fue uno de los grupos más queridos que he tenido y el que más nostalgia me da cuando lo recuerdo: cuando reviso las fotos y veo las celebraciones, los cumpleaños, las fiestas y nuestras particulares cenas navideñas.
Como suele suceder, este grupo también se disolvió. En alguna de esas reuniones felices y chinitas, uno de los “Membrillos” lo predijo: “la comunidad se disolverá algún día, como el dulce de membrillo” (recordemos que estas frases jamás eran dichas con racionalidad). Y así fue.
Supongo que volverá a surgir algún otro grupo en mi vida. Espero que no sea dentro de una comunidad terapéutica. Solo espero divertirme tanto como con los otros. Mientras tanto, habrá que esperar si esa pequeña cofradía que se formó hace un par de sábados, se mantiene o muere. Veremos.

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