Tuesday, July 24, 2007

Dos faites conversan
Nada más achorado que dos faites conversando mientras comen un menú de chifa en el mercado de Magdalena. Ambos se dedicaban al vil negocio de las combis. Al menos eso pude deducir tras escucharlos atentamente.
- "Me gustó esa jerma, recontra achorada. "Prende tu luz carajo", me dijo. Ta mare. Así me gustan. No les hubiésemos cobrado, je", dijo uno de ellos, el más grandazo, lo que se dice un cholón. Llevaba una pañoleta en la cabeza que hacía juego con el chifa, pues tenía letras japonesas de colores sobre un fondo blanco. A este señor lo llamaremos Pañoletón. Tenía las mangas dobladas y cuando hablaba, pedacitos de arroz y wantan saltaban sobre su mesa.
- "Y las otras tampoco se quedaban atrás. Bacanes las flacas", añadió el otro, al que llamaremos Discreto. Era negro y mayor que Pañoletón.
Pañoletón y Discreto comen sus menús. Discreto hace a un lado su plato porque "ya se había llenado". Pañoletón se asa y le dice: "¡Carajo! ¿Por qué has dejado tu arroz? la comida no se deja, carajo, trae pa ca" y se empuja (perdón me contagié del achoramiento) come las sobras de Discreto.
Luego de comer, Pañoletón y Discreto conversan. Pañoletón saca su teléfono celular ultramoderno del bolsillo y dice: "escucha pe tío" y pone una canción (mostro su celular, trae radio y es naranja). Es una, romanticona, de El Tri. Todo el chifa escucha la canción que sale del pequeño celular. Pañoletón le explica a Discreto que esa canción "es en acústico pe, osea, que la tocan en vez de con guitarra eléctrica con una que no es eléctrica pe". Genial definición. Termina la canción y Pañoletón y Discreto hablan de sus películas favoritas. Hablan de Vandán (Van Damme), de El Matachancho (un personaje de película de kung fu de canal cinco los sábados por la tarde), y de otros que no me acuerdo. "Había una película con un luchador de Mongolia. Osea era mongol pero de Mongolia pe, no mongolito tsss. La pido todo el tiempo y nadie la tiene. Hasta a Polvos Azules la he ido a buscar y nada compare. Nadie la manya", dice Discreto.
Luego conversan sobre la capoeira. Pañoletón practica Capoeira y Discreto está interesado en aprender.
Pañoletón y Discreto se levantan (¡son gigantes!) y se van. ¿A dónde? Tal vez a algún bar destinado solo a conductores y cobradores de combi. A lo mejor van a practicar Capoeira o a ver una película de lucha (probablemente lo hagan cogidos de la mano, me tinca).

Tuesday, July 03, 2007



Trabajo grupal
Corría aquel maravilloso verano del 96. Jóvenes, hermosos (más) y sobre todo, despreocupados. No había fechas límites, cuentas que pagar o presupuestos de los que no salirse. Ahí estábamos juntos y revueltos, como huevitos de desayuno dominguero: el raro, el cantante, el artista incomprendido, el chibolo, el egocéntrico divertido, la chica de risa fácil, la chica con paltas existenciales y la chica tonta. Hasta teníamos dos encantadoras grouppies que nos seguían y admiraban.
¿Qué hacíamos? Nada. Íbamos de casa en casa, reclutándonos. Salíamos a caminar por horas, tonteábamos, nos burlábamos de nosotros y del resto y volvíamos a nuestras casas. Es decir, no nos juntábamos para hacer ALGO en específico. No nos juntábamos a chupar, a drogarnos, a ver películas, a chapar o a jugar monopolio. Recuerdo incluso tardes enteras en que nos tirábamos panza arriba en el jardín y nos quedábamos callados. Si hasta parecía un poco ese video de Smashing Pumpinks (el de la canción 1979). De pronto, pasaba alguien, nos alucinaba pastrulos y nos gritaba alguna pachotada. Nadie podía entender que no hacíamos NADA.
El chibolo dijo que éramos el Grupo H (y que la H se refería al hueveo interminable que practicábamos). A mí me pareció una mariconada ponerle nombre a un grupo de gente que no hacía nada. Pero al resto de amigos, la idea le encantó.
Y llegó febrero de aquel mismo verano. Con febrero vino el ineludible 14, que es el día de los enamorados. Pero ninguno de nosotros estaba enamorado. Más bien andábamos con el corazón roto o parchadito. Prueba de nuestro estado anímico fue que preparamos una torta de chocolate, dizque para sentirnos mejor (gracias a las endorfinas del chocolate). Sin embargo, el resultado fue desastroso pues del horno salió la torta de chocolate más fea del mundo. Horrible. Asquerosa. Insalvable. Fue ahí que el egocéntrico divertido dijo: “Carajo, esto podría ser el Lonely Hearts Club Band”. Y ahí salió otro nombre para el grupo. No me pareció tonto. Me dio risa. Felizmente, luego los ánimos se calmaron y terminamos (los miembros del recién formado club de corazones solitarios) metidos en una pileta. Por siaca, no habíamos visto ni La Dolce Vita ni Friends.
Luego llegó el amor que generalmente todo lo arregla, pero en este caso, fue diferente. El grupo se fue disolviendo con la rapidez con que surgían parejas al interior de este. Llegó el siguiente verano y nada fue igual. Ni grupo H, ni Lonely Hearts Club.
Pensé que eso de los grupos y nombres acabaría ahí, pero ¡oh, no! Ya en la universidad, conocí a Las Chimichurris, Los Pollos y las Redonditas (que en realidad eran dos parejas y no un grupo).
Más tiempo, más años, más gente nueva. Llegó el 2003 y con él la independencia y claro, el surgimiento de un nuevo grupo. Se juntaron amigos de la universidad, de algunos trabajos y uno que otro incauto. Nos reuníamos en aquel célebre departamento de la avenida Brasil, alrededor de una mesa cuadrada. Las botellas y las risas (miles), iban y venían. Cuando se acababa el alcohol, una delegación iba a comprarlo con un mochilón, como los que se usan para los viajes largos. El mochilón regresaba llenecito de trago y la felicidad continuaba. Brindábamos, filosofábamos a nuestra pastrula manera, brindábamos de nuevo, bailábamos cumbia, hacíamos algún destrozo y nos queríamos. Fue en alguna de esas reuniones que alguien dijo que habíamos formado una comunidad. “La comunidad del anillo”, dijo alguien (no recuerdo quién. No gozaba de ecuanimidad en ese momento). “No, la comunidad del membrillo”, dijo otro. Nos bautizamos entonces como Los Membrillos.
Los Membrillos fue uno de los grupos más queridos que he tenido y el que más nostalgia me da cuando lo recuerdo: cuando reviso las fotos y veo las celebraciones, los cumpleaños, las fiestas y nuestras particulares cenas navideñas.
Como suele suceder, este grupo también se disolvió. En alguna de esas reuniones felices y chinitas, uno de los “Membrillos” lo predijo: “la comunidad se disolverá algún día, como el dulce de membrillo” (recordemos que estas frases jamás eran dichas con racionalidad). Y así fue.
Supongo que volverá a surgir algún otro grupo en mi vida. Espero que no sea dentro de una comunidad terapéutica. Solo espero divertirme tanto como con los otros. Mientras tanto, habrá que esperar si esa pequeña cofradía que se formó hace un par de sábados, se mantiene o muere. Veremos.