Tuesday, October 18, 2011

Blocking

Si me conoces sabrás que tengo dos trabajos. En uno escribo y en el otro enseño. Las oficinas de uno quedan en el centro de Lima y las del otro, en San Isidro. Me gusta llegar a este lugar de San Isidro caminando y, si el ánimo me lo permite, cantando. Si planifico con minuciosidad (y sin ociosidad je) mi tiempo, puedo hacerlo. Como ando un poco mal de la cabeza, a veces busco significados en los letreros publicitarios que encuentro en el camino. A veces creo que me hablan y me quieren decir cosas. Y cada mañana hay uno que dice “color block” que es algo así como una tendencia de la moda que consiste en usar colores muy encendidos sin mucho sentido (yo, al menos, aún no lo encuentro) . Block block block es la palabra que se me queda en la cabeza y que retumba durante todo el día. Block escolar. Block de notas. New Kids on the Block. Préstame tu block. Block. Blo-que-a-da.

Sí, mas o menos eso. Hace meses que volví a escribir cosas mías, no de chamba. Escribí 3 historias. Aún no logro terminarlas. Tengo cosas que botar y no las desecho. Tengo varias cosas a las que ponerle marco. Sigo sin llamar al señor de los cuadros. Block. Mi cerebro está así. Block Block Block.

Creo que no soy una persona espiritual

He empezado a ir a clases de yoga desde hace una semana. Me gusta. Es bacán esa sensación de tener la mente en blanco por algunos minutos (no tanto, tampoco) y concentrarse tan solo en lo que haces en el momento. Se supone, según lo que he leído, que luego esto lo aplicaré a mi vida. No sé, ah. Me gusta tener varias ideas flotando al mismo tiempo para ver por cuál me decido.

En una de las clases, uno de los profes dijo que el daño que le haces a tu cuerpo, también lo causas al universo. A ver…Osea, el cigarro que me fumo en el cuartito al que, por dármelas de rica llamo “estudio”, le hace mal al universo? Y las chelas que me tomé el fin de semana también dañan el universo? Pero si cuando los tomé estaba muy contenta y rodeada de gente que quiero y me quiere? Por qué eso habría de dañar el universo?

Ya. Eso es todo por hoy. Ya era hora de volver.

Thursday, August 11, 2011

Razones

Me gustan esos planes que salen un poco de la nada y siempre tienen final feliz. Ayer, casi, de la nada fui al teatro y luego a comer cochinaditas con una pareja de simpáticos amixers. Mientras nos atragantábamos (la palabra se ajusta al momento, no es exageración) con ricas papitas fritas, nos pusimos a conversar sobre por qué se casa la gente. Es curioso, pero luego de divagar sobre el tema y de que se acabaran las papitas, concluimos que la gente se casa por las razones más locas menos por amor. Sí ya sé, pensarán: “Ay que ilusa esta chica. Cree que la gente se casa por amor”. Pero bueno, hay un lado Disney en mí que, a pesar de lo mucho que he combatido, se niega a morir, el muy maldito.

Entre las razones que encontramos están:

- - Por piconería: “Conocí parejas que tenían menos tiempo que nosotros y se empezaron a casar. Fiebre de matris. No era justo. Yo también quería casarme”

- - Porque “ya tocaba”: “Después de 9 años de estar juntos, ya era hora no?”

-- - Porque it´s my party and i cry if i want to: “Yo quería tener mi fiesta pee”

- - Porque de chiquitas soñaron con usar vestido blanco

- - Porque quieren que sus papis las lleven al altar: Si lo analizamos es una figura bien retorcida esta del padre “entregando” a su hija. Eso quiere decir que antes de que se casara la señorita…¿era de “propiedad” del padre? Ala qué forchi y que feo.

- - Porque les faltaban muebles y electrodomésticos: “Si te casas, te regalan millones de huevadas para la casa que son chéveres”

- -Porque querían tener una despedida de soltero. Tal vez la única oportunidad que algunos patas tendrán en sus tristes vidas para bailar cachete-pechito-ombligo con vedettes de la tele.

Soñar es perjudicial para la salud

En High Fidelity, esta película que me gusta tanto, el protagonista advierte de lo peligroso que puede resultar para un joven el crecer escuchando “sad bastard music”. Yo a esa frase le añadiría que también puede resultar perjudicial crecer viendo muchas películas o televisión. Nada bueno puede salir de un niño que ve a otro niño como él, de la misma edad, que se hace amigo de un extraterrestre tierno y encantador y, encima, con poderes que lo deja y se larga a su planeta. Un corazoncito tierno no está hecho para resistir algo así. Bueno, quién sabe.

Tampoco nada bueno sale de esas niñas que crecieron viendo comedias románticas. Siempre agradeceré a los astros que cuando yo era pequeñita no existía esa cosa horrible llamada “Princesas” y que es bien bien nocivo, estimado lector. Una amiga que es mamá me decía que ella, siempre cool, le leía cuentos bonitos a su hijita, la metió en un nido de esos alternativos, la llevaba al teatro, al circo de La Tarumba, a la granja ecológica y etc. Todo bien hasta que la niñita conoció a otras chiquitas en el nido alternativo y le presentaron el mundo de las “Princesas”. Mi amiga me contó que cuando vio un video de las Princesas casi se muere. Era algo así como un diálogo interminable sobre quién era la más linda de todas y que mi pelo es más bonito que el tuyo y mi vestido brilla más y huevadas por el estilo. Claro, pasa en la vida real, pasa en TNT, pero que feo verlo así como que en pantalla gigante y apta para todos. Esperemos que la hijita de mi amiga se vacile con estos videos y no salga con que quiere de regalo de cumpleaños una rinoplastía.

Más casos del perjudicial efecto de la ficción en la vida: tengo este amigo que mantendré en el anonimato y me decía que a él Televisa lo cagó. Me lo decía bien serio (como parece ser, pero no es). Que el pobre construyó su imaginario romántico en función a las telenovelas de Televisa, que el amor era bien sencillo en realidad: chica conoce chico. Chica y chico se enamoran. Chica y chico se quedan juntos por siempre. Simple. Nadie le advirtió que el segundo paso es utópico. Tampoco que las diferencias no se arreglan con un ramo de flores o mariachis o algo por el estilo. Ni modo. Le tocará aprender a lapos.

Y bueno, debo confesar que a mí el cine ha afectado bastante mi percepción del universo. El cine, la televisión, los dibujos animados, el hecho de pasar tanto tiempo solita de chiquita (divertida, pero solita finalmente) frente a la tele. Estoy fregada. En estos días que ando con audífonos la mayor parte del tiempo -además de librarme de escuchar comentarios que no me interesan- me hace sentir estos recorridos largos por Lima como pequeños cortos de cine. Es bonito. Me libera de cualquier pensadera.

Pero claro, además de librarme de cualquier pensadera, la música, el cine y la tele también ha alterado mi visión del mundo, de los amigos, de las relaciones, de las familias. Y sí, creo que todo para mal, eh. En fin. Nunca es tarde para remediarlo. Espero…

Tuesday, July 12, 2011

Osea que esto era Murakami…

A mí me gusta leer, pero siempre dudo si me podrían calificar de “gran lectora”. Creo que, principalmente, porque no he leído tantos clásicos como debería o porque, a pesar de tener amigos poetas muy queridos, de poesía no sé un carajo. Y ni qué decir de los textos de no ficción o los ensayos. Esos me vencen y me hacen sentir bobísima pues debería estar en la capacidad de terminarlos, subrayarlos y, aunque estoy es muy snob, citarlos en una conversación así tralala. Je.

Sin embargo, aunque me falten aún muchos clásicos por leer, lo cierto es que hay libros que devoro en un viaje de micro. Otros que los voy leyendo de a poquitos. Y están los que me vencen como es el caso de “Bajo el volcán” de Lowry, por ejemplo. Me parece un buen libro, pero también demasiado sórdido y por eso me causa dolor de cabeza (así como las películas de terror me pueden hacer llorar).

También están esos libros de los que no me acuerdo y entonces decido releerlos y me vuelven a gustar.

Hay libros que los compro solo por su título y luego me siento bien muy frívola por eso, pero por ahí que me entusiasman después.

Hay libros que me dan mucha envidia por lo bien escritos que están.

Y hay libros que no quiero que se acaben porque son demasiado chéveres.

Hoy terminé de leer Tokyo Blues de Murakami. El inicio me gustó, es bacán, pero no sentía que fuera “ahhh qué pajaaa”. Sin embargo, luego no podía dejar de leerlo y los personajes me iban gustando más y más. Podría decir que hace tiempo no tenía un crush con un personaje literario, pero, lo admito, caí rendida ante Watanabe (el protagonista de la obra). Principalmente porque creo que me hubiese gustado conocer, en algún momento de mi vida, a alguien así. Que sea ingenioso, que diga exactamente lo que piensas, que sea capaz de cuidar a tu padre enfermo aún sin conocerlo, que te diga que eres tan bonita como un oso o que te escriba cartas para hacerte feliz.

Y hoy, que terminé el libro, de pronto como que se me empañó el corazón. Estaba en la sala de profesores de ese lugar al que voy a enseñar y sentí que debía salir porque sino iba a hacer un papelón y ponerme a llorar delante de desconocidos que, como son raros, no se tratan por su nombre. Siempre están diciendo “profesor esto” y “profesor aquello”: “Profesor, páseme esa mota por favor”. “Profesora, ¿qué está leyendo?”. “Profesor, ¿ha sido duro el ciclo, no?”. Gente rara.

Y el asunto es que salí del salón y me fui al baño y cerré con llave. Y quise ponerme a llorar porque de pronto me sentí muy triste y era como ver llover y estar sola. Sí, así era la sensación. Como estar en un depa vacío, sin nadie a quien llamar o invitar y que de repente se pusiera a llover horrible.

Pero no me dio tiempo para llorar porque recordé, como suelo hacer cuando estoy sensible, que no vale la pena ponerse tan mal por algo que no es cierto. Que, finalmente, es una ficción y no te está pasando a ti. Para de sufrir, nena. Murakami es un pendejo por hacerme sentir así. Fuck you, Murakami.

En la calle:

- - Un mimo y un patita disfrazado de la muerte (túnica negra, máscara de scream y una hoz de plástico en la mano) están parados en una esquina, cerca del estadio de Miraflores. En eso el mimo ataca a la muerte. La muerte lo golpea, siempre en broma, con su hoz de cartón. Entre huachafo y poético el asunto.

- - El taxista que me trajo al trabajo tenía un disco en el que no solo había música. También tenía voces de niños que decían sonseras. Miedo.


Raphael

Fue durante una de esas conversaciones que tanto extraño con mi chocherita que hablábamos del amor y canciones de amor. Se nos ocurrían varias. Es más, creo que estábamos en mi auto. En eso, en el Ipod escuchamos “Como yo te amo” de Raphael. Y cantamos la canción a dos voces. En realidad -y lo confieso y no me importa qué piensen muchos de mis seguidores nubecinos (osea, tres gatos)- creo que es una de las pocas canciones que logra retratar, más allá de que te guste o no Raphael, ese momento exacto en el que andas absolutamente entregada al amor y en estado “lalala”.

Y tal vez creas que Raphael es un poco “esto” y tiene mirada perturbadora o que exagera tantito cuando interpreta o que sus canciones son para tíos. No. Nada que ver. Alguien que dice que te ama con la fuerza de los mares o el ímpetu del viento no está huevando. Osea, chochera, la fuerza del mar no es broma o, ¿o te acuerdas de la conocida expresión “uy, se salió el mar”? (je) Y ni qué hablar del ímpetu del viento que es cosa seria. Al respecto, recuerdo una vez que me asusté feazo por el fuckin viento que soplaba tan fuerte que parecía que me iba a llevar, casi casi como si fuera novela de García Márquez, oye. Al viento no le entran vainas, eh.

Yo te recomiendo que lo escuches nomás porque la cara de Raphael paltea un toque:

http://www.youtube.com/watch?v=Oxyzky_WPHU

Friday, June 24, 2011

Mi vecina

Cuando llegué a este edificio en el que vivo, hace más de 4 años, intenté -vanamente por supuesto- trata de conocer a mis vecinos y quién sabe, entablar simpáticos lazos de amistad. Intento fallido. Principalmente porque, aunque traté de creérmelo, no me interesaba hacerme amiga de alguien solo porque compartíamos el mismo espacio vital. Y en segundo lugar porque se trata de gente bien peculiar, como casi todos los edificios del Perú.

Sobre mis vecinos, ya he hablado en otras oportunidad. La familia de al lado está formada por un papá que se parece a Flanders, una señora que se llama igual que yo y es recuntrasada y que una vez me dijo que las escaleras debían cambiarlas por unas de…mármol. Okeey. El señor Flanders y la señora que se llama como yo tienen dos hijos adolescentes. A la hija adolescente le gusta reventarse las espinillas en el espejo de su sala. ¿Y yo como lo sé? Porque la veo desde mi sala. Espectáculo desagradable.

Pero hoy no voy a hablar de esta familia singular. Hoy toca hablar de la otra vecina. La que vive en el departamento superior. Creo que la vecina ha encontrado el amor nuevamente. Eso o está tratando de romper algún reto erótico.

Desde hace un par de semanas escucho (involuntariamente, ojo, tampoco soy tan “esto”) que la vecina le da (le da pues) día y noche al canchis canchis. Lo sé porque parece que su cama y su colchón no tienen un buen sistema de amortiguadores porque chirrían (osea hace chirrido, chirria pe). Tampoco sus paredes pues los ruidos del amor se filtran como hormiguitas con red bull por cada pared. Todos los vecinos somos así testigos de su pasión. Además, el sonido va por toda la casa. Entonces sospecho que ella y su pareja están tratando de dejar un poco de “amor” en cada habitación de su hogar. Bien por ellos. Que los astros les sean propicios.

Tuesday, June 21, 2011

El fin de una era

Todos sabemos que el sábado previo a las elecciones presidenciales andábamos un poco “esto”. Y que, todas las conversaciones terminaban en política y, por ende, en mecha. Un amigo tuvo una buena idea para apaciguar los ánimos: organizar una fiesta de demolición y zurrarse en la ley seca. La idea era celebrar la última noche de vida de la casa de sus padres.

Como suele suceder con las casas bonitas, esta era puesta a la venta, porque quedó grande después de que los hijos (4 engendritos entre los que está mi amigo) se fueron. Era entonces la despedida de este hogar que no solo vio crecer a los engendritos sino también a sus amigos, sus novias y, posteriormente, sus ñaños.

Para mí esa casa - y esto es un manifiesto personal y, por lo tanto arbitrario- era también un poquito mi casa. Cuando estábamos en la universidad, iba ahí frescamente a terminar trabajos de última hora, a revisar mi correo y hasta a imprimir trabajos. Cuando hacíamos fiestas en esa casa bonita de Camacho, siempre me quedaba a dormir y luego, aún más fresca, me prestaban la jato para hacer mis propias fiestas.

La Ñanga también tiene su historia ahí. Él recuerda con mucha nostalgia la noche en la que se hizo amigo de uno de los dueños de la casa. Es un recuerdo bien bonito, bien cinematográfico y bien posero. La Ñanga y este amigo se encontraron en un casino y luego de beber y tontear fueron a la casa bonita de Camacho. Decidieron que sería buena idea subir al tejado (ojo, no techo) y ver la ciudad. Uno sugirió poner música clásica a todo volumen. Se enamoraron. No, mentira. Se hicieron patas hasta el día de hoy.

La casa bonita de Camacho siempre nos recibió sin ponernos malas caras. Ahí hubo cenas navideñas entre amigos, también cumpleaños y una muy extraña celebración veraniega que terminó con mi prima, la Mili tirada exhausta en el jardín luego de haber saltado y bailado por, creo, 3 horas sin descanso.

La casa bonita de Camacho nos recibió a toditos los galifardos el 4 de junio. No dejaba de llegar gente y había más trago que en cualquier fiesta de matrimonio a la que haya ido. Fue genialísimo.

Saber que esa casa ya no existirá más me causa una sensación raraza. Creo que algo en mí se ha acabado o muerto. No sé bien cómo explicarlo. Es rarazo, ya lo dije.

Nunca

Nunca he tenido una cámara de video. No me gusta que me graben en un tono, en un matri o en cualquier situación. Pongo cara rara, se me tensa el cachete, sale una mueca extraña. Un desastre. Y no he tenido nunca una cámara de video porque siempre pienso cuántas veces podré ver el video de algo que ya viví. ¿Dos? ¿Tres? ¿Veinte? Y porque, a veces, pienso en el resto del mundo: ¿a cuánta gente le interesaría compartir mi momento kodak en video (je, qué feo sonó esto)? No comprendo mucho el afán de guardar algo en video. Me gustan las fotos. Son momentos congelados.

Deseo y decepción

Les pedí a algunos alumnos que escribieran un manual de instrucciones. Algunos escribieron cosas divertidas y creativas. Me gustó un texto sobre “cómo volar una cometa” y que empezaba diciendo: primero hay que preguntarle a la cometa si quiere volar. Luego otro explicó en su manual cómo escribir manuales y eso también estuvo bien. Sin embargo, el resto me brindó un panorama de los temas que inquietan a esta generación. Así, se presentaron manuales para salir a divertirse, cómo olvidar a un ex o cómo encontrar la mejor fiesta de Lima. Decenas de manuales que hablaban sobre la juerguita limeña sub 23. Otros sobre cómo superar la pérdida de un amor. Y yo, que desde hace tiempo me siento bien pero bien vieja, me preguntaba, igual que en el libro, “¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?”. Pensaba en ese sufrimiento post adolescente que luego, créanme, les parecerá irrisorio. Se me sale lo tía y quisiera darles algunos consejitos pero la conciencia no me da. Nunca tanto.